Resumen Costa Rica
Durante la segunda mitad de 2024, la economía costarricense continuó mostrando signos de estabilidad en algunos indicadores clave, al tiempo que vivió un fenómeno llamativo en su tendencia inflacionaria. El Índice de Precios al Consumidor (IPC), que al inicio del segundo trimestre se ubicaba en 109.71, descendió de forma gradual hasta situarse en 109.36 para finales de noviembre. Este comportamiento ha ratificado el escenario deflacionario que el país ha venido experimentando en los últimos meses, una situación relativamente inusual en comparación con años anteriores, cuando las presiones inflacionarias eran más marcadas. El Banco Central de Costa Rica (BCCR) ha monitoreado muy de cerca esta tendencia, pues la persistencia de variaciones negativas o muy bajas en los precios puede incidir en las expectativas de consumidores y productores, y de esa manera repercutir en la dinámica económica general.
La apreciación del colón frente al dólar estadounidense ha sido uno de los factores que más ha influido en este proceso. El fortalecimiento de la moneda local, impulsado en parte por una mayor entrada de divisas provenientes de exportaciones de servicios —especialmente el turismo, que experimentó un repunte tras la paulatina recuperación global—, así como por flujos de inversión foránea, ha presionado a la baja los costos de importación, trasladándose eventualmente a los precios finales de bienes y servicios. El BCCR, en sus informes trimestrales de política monetaria, ha reconocido que este contexto cambiario favorable ha contribuido significativamente a la moderación de los precios internos, sin dejar de apuntar que la estabilidad de variables externas como los precios internacionales de las materias primas también ha dado un respiro al índice inflacionario. Organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI), en sus análisis sobre la región centroamericana, han subrayado este aspecto al destacar la importancia de la competitividad cambiaria para países pequeños y abiertos como Costa Rica, donde las variaciones del tipo de cambio pueden tener efectos notorios, tanto en la inflación como en el desempeño de las exportaciones y el turismo.
En paralelo, las tasas de referencia en el país presentaron una reducción progresiva durante el mismo período, lo que en teoría podría incentivar el crédito y la inversión en distintos rubros de la economía. Sin embargo, dicha baja en la tasa de interés no se tradujo de manera inmediata en mayores precios en el mercado de bonos. Este fenómeno obedece, en parte, a las expectativas de los inversionistas sobre la evolución futura de la política monetaria y fiscal; la mayor prudencia de los participantes en el mercado se reflejó en una demanda más cautelosa, al menos en los primeros meses de la baja de tasas. Al respecto, el BCCR ha reiterado la necesidad de mantener una comunicación clara y coherente sobre sus metas y proyecciones, de modo que se brinde certidumbre a los agentes económicos y se promueva una mayor liquidez y dinamismo en el sector financiero.
El escenario deflacionario, aunque puede resultar beneficioso para los consumidores al proteger su poder adquisitivo, plantea ciertos desafíos a las autoridades económicas, especialmente si la persistencia de cifras negativas en el IPC contribuye a reducir las inversiones y el gasto, prolongando la desaceleración del crecimiento. Algunos expertos han advertido que una deflación prolongada podría conllevar el riesgo de aplazar decisiones de compra e inversión, en tanto los consumidores podrían anticipar nuevas rebajas de precios en el futuro cercano. No obstante, la coyuntura costarricense no parece responder a un desplome de la demanda interna, sino más bien a un conjunto de factores cambiarios y de costos importados que han aliviado las presiones sobre los precios, lo cual se percibe, por el momento, como un fenómeno relativamente controlado.
En conjunto, la confluencia de un tipo de cambio en apreciación constante, una reducción en las tasas de referencia y la moderación de los precios internos configuran un panorama en el que Costa Rica navega con cierto margen de estabilidad, pero no exento de retos. Las autoridades económicas y organismos internacionales coinciden en que la clave estará en vigilar cuidadosamente los cambios en las expectativas y en el comportamiento de la demanda interna, a fin de corregir desequilibrios a tiempo y sostener el desarrollo económico sin sacrificar la competitividad externa. El BCCR, por su parte, continúa reforzando sus herramientas de política monetaria y su labor de supervisión para garantizar que el entorno financiero siga siendo propicio para la reactivación productiva, siempre y cuando se mantengan los principios de disciplina fiscal y la confianza de inversionistas y consumidores.
Resumen global
Durante la segunda mitad de 2024, la economía global experimentó un proceso paulatino de estabilización en varios frentes, tras el período de alta volatilidad que caracterizó la primera parte de la década. La moderación de la inflación, la consolidación de las tasas de interés en niveles menos restrictivos y la relativa estabilidad del empleo constituyeron las notas destacadas a escala internacional. Sin embargo, no todas las regiones se desenvolvieron al mismo ritmo, pues mientras Estados Unidos avanzó de forma firme hacia su meta de inflación y mostró un mercado laboral sólido, algunos países emergentes mantuvieron el desafío de contener presiones inflacionarias y sostener su crecimiento económico.
En el ámbito inflacionario, el descenso que comenzó a observarse hacia finales de 2023 se afianzó entre julio y diciembre de 2024. El aligeramiento de los cuellos de botella en las cadenas de suministro, la baja relativa en los precios de materias primas y energéticos, así como un menor dinamismo de la demanda en ciertos rubros, contribuyeron a atenuar las presiones inflacionarias en la mayoría de las economías avanzadas. Aun así, hubo excepciones, particularmente en países emergentes con cuentas fiscales más endebles y exposición a choques externos que depreciaron sus monedas. Estas economías debieron lidiar con mayores costos de importación y con la necesidad de mantener políticas monetarias y fiscales más restrictivas para contener los efectos inflacionarios.
En Estados Unidos, la Reserva Federal vio recompensados sus esfuerzos de política monetaria, pues la inflación se aproximó de manera más consistente a la meta del 2%. El precio de la energía, que anteriormente había sido un factor de volatilidad, se mantuvo relativamente contenido, reflejando una coyuntura global donde la oferta y la demanda energéticas alcanzaron un mayor equilibrio. Asimismo, el gasto de los consumidores disminuyó su ritmo de expansión, estabilizando las presiones sobre los precios de bienes de consumo y moderando la inflación subyacente. Aunque algunos servicios continuaron mostrando cierta inercia al alza, debido en parte a los incrementos salariales en sectores clave, el panorama inflacionario general resultó marcadamente más tranquilo que en años anteriores.
En cuanto a las tasas de interés, se observó un proceso de convergencia hacia una postura menos restrictiva por parte de los principales bancos centrales del mundo. Aquellas instituciones que habían subido agresivamente las tasas entre 2022 y 2023 comenzaron a mostrarse más cautas, dejando entrever posibles recortes futuros si la tendencia de desinflación se mantenía. En algunas economías emergentes, sin embargo, la amenaza de una inflación todavía elevada y la persistencia de desequilibrios externos llevaron a los bancos centrales a sostener o incluso elevar ligeramente sus tasas de referencia, procurando contener la volatilidad cambiaria y las presiones sobre los precios internos.
Dentro de Estados Unidos, la Reserva Federal optó por mantener inalteradas las tasas de interés durante la mayor parte del semestre, en vista de que los datos de inflación confirmaban la senda descendente y el mercado laboral, aunque robusto, daba señales de estar enfriándose gradualmente. Hacia el cierre de 2024, con cifras de inflación próximas a la meta y la perspectiva de un crecimiento moderado para 2025, la Fed empezó a sugerir que, de continuar esta inercia favorable, podría poner en marcha un ciclo de recortes graduales de la tasa de interés, buscando apuntalar el crecimiento y estimular la inversión, sin dejar de velar por la estabilidad de precios. Este mensaje fue bien recibido por los mercados financieros, que experimentaron un repunte en los principales índices bursátiles, en tanto los rendimientos de los bonos del Tesoro a largo plazo registraron una leve disminución.
Respecto al mercado laboral, la segunda mitad de 2024 brindó un panorama relativamente estable a nivel global, con avances notables en algunas regiones y estancamientos en otras. La recuperación postpandemia y los planes de estímulo fiscal de distintos gobiernos habían sentado las bases para un fortalecimiento del empleo, pero la heterogeneidad en los sectores y países persistió. Mientras la Unión Europea consiguió niveles de desempleo cercanos a los registrados antes de la crisis de 2022, ciertas economías más frágiles enfrentaron obstáculos adicionales, sobre todo aquellas dependientes de actividades afectadas por la desaceleración en la demanda externa, como el turismo o la exportación de materias primas. En Asia, el dinamismo industrial y tecnológico continuó impulsando la creación de puestos de trabajo, aunque en algunos mercados emergentes del continente la informalidad y la menor calidad del empleo siguieron siendo retos importantes.
Por su parte, Estados Unidos retuvo tasas de desempleo en rangos históricamente bajos, reflejo de la fortaleza y resiliencia de su mercado laboral, aun cuando comenzaban a verse indicios de cierto enfriamiento en la contratación en sectores muy sensibles a los costos de financiamiento, como la construcción y algunas áreas de servicios. La ligera ralentización en la demanda de mano de obra fue considerada un signo de normalización tras los períodos de reajuste y escasez de trabajadores en años anteriores. Sin embargo, la Fed y los analistas económicos siguieron de cerca estos movimientos, conscientes de que un aumento más acelerado del desempleo podría contrarrestar el dinamismo del consumo, pieza fundamental de la economía estadounidense.
